Egipto: entre el buenismo y Munich
Por Mª Luisa Loredo.
Especial para Infomedio
9/2/11
El argumento según el cual los dirigentes europeos no están a la altura de las circunstancias al no forzar la salida del Presidente Mubarak mientras millones de personas en Occidente y en el mundo árabe apenas han necesitado horas para convencerse de que el presidente egipcio debía irse de inmediato, es producto del buenismo ambiental, ligero y peligroso, y también poco solidario.
Las mayorías también se equivocan
Fueron millones de personas las que, en este país, España, votaron a un partido cuya gestión de la res publica ha exagerado con creces los efectos perversos de la crisis financiera; millones que, por poner un ejemplo, se dejaron embaucar por el espejismo de ser propietarios, fuera de una ínfima e irrelevante participación en una empresa, o de humildes viviendas que el mercado libre ahora ha reducido a ruinas hipotecarias. No hace tantos años, fueron trece los millones de personas, las que, también desesperadas por el hundimiento de sus economías, llevaron al poder a un ex caporal, Adolf Hitler, y trajeron a Europa la desgracia y la vergüenza por un genocidio sin precedentes. Y sin ir más lejos, basta recordar las aspiraciones de libertad y democracia en Teherán, 1979.
Es cierto que millones de personas en Egipto, así como en todo el Magreb y Mashrek, tienen hambre y sed de libertad. Pero la transición hacia un sistema democrático que garantice las libertades individuales debería ser ordenada: la ola del multipartidismo, que fue requisito para recibir ayudas al desarrollo a principios de los años noventa, se convirtió rápidamente en multietnicismo; transformó la región subsahariana en un inmenso mercado de armas, niños soldados, esclavas sexuales y vidas rotas. Por supuesto, más que el multietnicismo y sus desviaciones, la amenaza para Egipto es otra.
La necesidad de una transición democrática ordenada en Egipto
Hay que darle la razón al que la tiene: si Mubarak se va inmediatamente, la situación en Egipto será caótica y probablemente sean los más organizados, es decir la Hermandad Musulmana que ya gobierna en Gaza y Sudán, los que lleguen al poder. Por mucho que digan algunos, no parece que la nueva dirección de este movimiento sea una versión light de sus predecesoras: Muhammad Badi, elegido líder de la Hermandad hace unas tres semanas, explicaba en septiembre 2010 que “el cambio que la nación (musulmana) busca solo puede ser alcanzado con la jihad y el sacrificio y formando una generación que busca la muerte, tanto como sus enemigos buscan la vida.”
Tampoco se puede esperar mucho del papel moderador que podrían tener personalidades como El Baradei, porque en las calles del Cairo, la militancia de los Hermanos los llama “los asnos de la revolución” que hay que saber utilizar para luego apartar.
La “democracia islamista”
Un régimen de corte islamista coherente con sus ideales ofrece menos libertades que el desprestigiado Mubarak. No hay “democracia islamista”, simplemente porque el gobierno de Dios no admite injerencias humanas. En la “plenitud” que ofrece (en su primera acepción, “Islam” significa “plenitud”, “paz” por su derivación de S-L-M: “Shalom”), no hay lugar para las versiones parciales que representa el multipartidismo.
El Islam es un proyecto político de transformación social e individual (sería por tanto totalitarista y por eso no es totalmente exacto, a nuestro parecer, hablar de “islamo-fascismo”). No es un espacio abierto a la exposición de opciones políticas en el que gobierna la lista más votada, durante un periodo limitado. Porque la democracia presupone periodicidad: la renovación del voto de confianza por un cuerpo electoral cambiante. Por esa lógica, no ha habido elecciones en Gaza desde la toma del poder por Hamas, la versión palestina de la Hermandad Musulmana, en 2007.
Además, un régimen democrático presupone y establece la plena igualdad jurídica, independientemente del sexo o de la religión: son éstos conceptos intrínsecamente incompatibles con el Islam que establece una personalidad jurídica limitada para las mujeres y para los Dhimmis (*), así como la muerte o la conversión forzada para los pueblos “sin libro.”
¿ Es esto lo que estamos deseando para Egipto? Sería razonable pensar que los profesionales egipcios que iniciaron las protestas reivindican más como modelo de sociedad Occidente que los regímenes de Teherán o Jartúm.
El “buenísimo” como ficción solidaria
¿Cómo, desde la supuesta izquierda y el progresismo, se puede justificar que aboguemos por soluciones que nos resultarían intolerables? No es que Mubarak se hubiera despertado un día siendo dictador. Lo fue durante 30 años, y entre nosotros, a pocos en Occidente les ha importado la falta de libertades de los egipcios. Si queremos ser consecuentes y solidarios con el pueblo egipcio, apoyemos una transición pacífica y ordenada hacia una autentica democracia respetuosa de los derechos humanos, que por cierto solo pueden ser universales.
Cabría preguntarse por qué los medios de comunicación mayoritarios han transformado la calle egipcia en un “Gran Hermano”; y si es por ignorancia, morbo político o interés que contribuyen con artículos incendiarios a la transformación de nuestro entorno geoestratégico en teocracias islamistas. Y por fin, porqué no se nos explican más en detalles los motivos que provocaron la explosión en Egipto. ¿Es simplemente una manera de desviar nuestra atención de los efectos de la crisis financiera actual en un país estructuralmente enfermo, España? La clase política no está en efecto a la altura de las circunstancias, pero no por la cuestión egipcia, sino porque su mal gobierno ha acentuado los efectos devastadores de la crisis.
Munich: a la vuelta de la esquina
Al fin y al cabo, la convulsión que recorre el Magreb y el Mashrek estalló con la actual crisis financiera que, a defecto de aumentar tasas de desempleos donde no hay empleo desde hace décadas, está dejando a sus poblaciones sin comida. Dejar que Egipto, el epicentro de la cultura árabe, caiga en las garras de un régimen que no quisiéramos para nosotros, y ver en ello la respuesta a las legítimas reivindicaciones de sus habitantes, es en realidad mostrar poca solidaridad hacia los egipcios. Sería una equivocación que podría conducirnos a repetir los errores europeos de los años treinta. Si nos descuidamos, Munich está a la vuelta de la esquina.
(*)(Dhimmi (en árabe ذمّي ) es el nombre con el que se conoció en la historia del mundo islámico a los judíos y cristianos que vivían en Estados islámicos,
Especial para Infomedio
9/2/11
El argumento según el cual los dirigentes europeos no están a la altura de las circunstancias al no forzar la salida del Presidente Mubarak mientras millones de personas en Occidente y en el mundo árabe apenas han necesitado horas para convencerse de que el presidente egipcio debía irse de inmediato, es producto del buenismo ambiental, ligero y peligroso, y también poco solidario.
Las mayorías también se equivocan
Fueron millones de personas las que, en este país, España, votaron a un partido cuya gestión de la res publica ha exagerado con creces los efectos perversos de la crisis financiera; millones que, por poner un ejemplo, se dejaron embaucar por el espejismo de ser propietarios, fuera de una ínfima e irrelevante participación en una empresa, o de humildes viviendas que el mercado libre ahora ha reducido a ruinas hipotecarias. No hace tantos años, fueron trece los millones de personas, las que, también desesperadas por el hundimiento de sus economías, llevaron al poder a un ex caporal, Adolf Hitler, y trajeron a Europa la desgracia y la vergüenza por un genocidio sin precedentes. Y sin ir más lejos, basta recordar las aspiraciones de libertad y democracia en Teherán, 1979.
Es cierto que millones de personas en Egipto, así como en todo el Magreb y Mashrek, tienen hambre y sed de libertad. Pero la transición hacia un sistema democrático que garantice las libertades individuales debería ser ordenada: la ola del multipartidismo, que fue requisito para recibir ayudas al desarrollo a principios de los años noventa, se convirtió rápidamente en multietnicismo; transformó la región subsahariana en un inmenso mercado de armas, niños soldados, esclavas sexuales y vidas rotas. Por supuesto, más que el multietnicismo y sus desviaciones, la amenaza para Egipto es otra.
La necesidad de una transición democrática ordenada en Egipto
Hay que darle la razón al que la tiene: si Mubarak se va inmediatamente, la situación en Egipto será caótica y probablemente sean los más organizados, es decir la Hermandad Musulmana que ya gobierna en Gaza y Sudán, los que lleguen al poder. Por mucho que digan algunos, no parece que la nueva dirección de este movimiento sea una versión light de sus predecesoras: Muhammad Badi, elegido líder de la Hermandad hace unas tres semanas, explicaba en septiembre 2010 que “el cambio que la nación (musulmana) busca solo puede ser alcanzado con la jihad y el sacrificio y formando una generación que busca la muerte, tanto como sus enemigos buscan la vida.”
Tampoco se puede esperar mucho del papel moderador que podrían tener personalidades como El Baradei, porque en las calles del Cairo, la militancia de los Hermanos los llama “los asnos de la revolución” que hay que saber utilizar para luego apartar.
La “democracia islamista”
Un régimen de corte islamista coherente con sus ideales ofrece menos libertades que el desprestigiado Mubarak. No hay “democracia islamista”, simplemente porque el gobierno de Dios no admite injerencias humanas. En la “plenitud” que ofrece (en su primera acepción, “Islam” significa “plenitud”, “paz” por su derivación de S-L-M: “Shalom”), no hay lugar para las versiones parciales que representa el multipartidismo.
El Islam es un proyecto político de transformación social e individual (sería por tanto totalitarista y por eso no es totalmente exacto, a nuestro parecer, hablar de “islamo-fascismo”). No es un espacio abierto a la exposición de opciones políticas en el que gobierna la lista más votada, durante un periodo limitado. Porque la democracia presupone periodicidad: la renovación del voto de confianza por un cuerpo electoral cambiante. Por esa lógica, no ha habido elecciones en Gaza desde la toma del poder por Hamas, la versión palestina de la Hermandad Musulmana, en 2007.
Además, un régimen democrático presupone y establece la plena igualdad jurídica, independientemente del sexo o de la religión: son éstos conceptos intrínsecamente incompatibles con el Islam que establece una personalidad jurídica limitada para las mujeres y para los Dhimmis (*), así como la muerte o la conversión forzada para los pueblos “sin libro.”
¿ Es esto lo que estamos deseando para Egipto? Sería razonable pensar que los profesionales egipcios que iniciaron las protestas reivindican más como modelo de sociedad Occidente que los regímenes de Teherán o Jartúm.
El “buenísimo” como ficción solidaria
¿Cómo, desde la supuesta izquierda y el progresismo, se puede justificar que aboguemos por soluciones que nos resultarían intolerables? No es que Mubarak se hubiera despertado un día siendo dictador. Lo fue durante 30 años, y entre nosotros, a pocos en Occidente les ha importado la falta de libertades de los egipcios. Si queremos ser consecuentes y solidarios con el pueblo egipcio, apoyemos una transición pacífica y ordenada hacia una autentica democracia respetuosa de los derechos humanos, que por cierto solo pueden ser universales.
Cabría preguntarse por qué los medios de comunicación mayoritarios han transformado la calle egipcia en un “Gran Hermano”; y si es por ignorancia, morbo político o interés que contribuyen con artículos incendiarios a la transformación de nuestro entorno geoestratégico en teocracias islamistas. Y por fin, porqué no se nos explican más en detalles los motivos que provocaron la explosión en Egipto. ¿Es simplemente una manera de desviar nuestra atención de los efectos de la crisis financiera actual en un país estructuralmente enfermo, España? La clase política no está en efecto a la altura de las circunstancias, pero no por la cuestión egipcia, sino porque su mal gobierno ha acentuado los efectos devastadores de la crisis.
Munich: a la vuelta de la esquina
Al fin y al cabo, la convulsión que recorre el Magreb y el Mashrek estalló con la actual crisis financiera que, a defecto de aumentar tasas de desempleos donde no hay empleo desde hace décadas, está dejando a sus poblaciones sin comida. Dejar que Egipto, el epicentro de la cultura árabe, caiga en las garras de un régimen que no quisiéramos para nosotros, y ver en ello la respuesta a las legítimas reivindicaciones de sus habitantes, es en realidad mostrar poca solidaridad hacia los egipcios. Sería una equivocación que podría conducirnos a repetir los errores europeos de los años treinta. Si nos descuidamos, Munich está a la vuelta de la esquina.
(*)(Dhimmi (en árabe ذمّي ) es el nombre con el que se conoció en la historia del mundo islámico a los judíos y cristianos que vivían en Estados islámicos,